Era entrado el otoño, y sus contrastes de temperatura se turnaban en animado dueto con sus luces mágicas. El paisaje cerca de casa mutaba, dejando atrás los tiempos secos, calurosos del estío. Ocres, amarillos y anaranjados -cual amigos hace tiempo esperados- suavemente llegaban para acampar junto a nosotros durante unas coloridas semanas. Y como tantos años él, desde su alargada y poderosa silueta, seguía presenciando un nuevo otoño. En el ambiente poco hacía augurar que no disfrutaría del próximo invierno, ni de sus hielos firmes ni de sus reparadores silencios.
Fue un martes, llegaron embutidos en sus trajes de trabajo y con sus herramientas motorizadas. Nos despertó el día con ese sonido característico, desde la cama les oímos y supimos que era su última jornada. El día anterior nos habíamos despedido de él con entrañables canciones, aún así el corazón se apenó.


