martes, 24 de diciembre de 2013

Conectar con el espíritu de un lugar: el corazón del hogar

 
 
 
 
    En etapas de cambio significativo en nuestra vida a menudo ocurren los cambios de casa. Cuando nos mudamos nos fijamos en consideraciones externas (trabajo, relaciones, dinero..), y solemos pasar por alto la 'llamada interna' que nos lleva a buscar una energía ancestral diferente, la que se relaciona con cada tierra.
     El viaje exterior de cambio de casa entraña también un viaje interior, que pasa necesariamente por una reconexión. Dejamos de pertenecer a un lugar, con todas sus características especiales, y aterrizamos en otro, con el que precisamos entrar en relación positiva. Vamos a pasar un tránsito que nos permita enraizarnos en él con éxito; de manera que atraigamos lo que necesitamos vivir en la nueva etapa vital que empezamos.
 
 
 
 
 
 

 
    El nuevo lugar ha de presentar condiciones buenas para el desarrollo de la vida, para la armonía en el hogar. A veces, como ocurrió hace 2000 años en Belén, se va huyendo de algo o de alguien, aunque conscientemente no lo sepamos.
    Pedimos al sitio que nos recibe que sea plácido, acogedor.. que los niños crezcan jugando, y los ancianos disfruten de la puesta de sol en su vida.
  
 
 
   También nos gusta rodearnos de naturaleza sana y exuberante que nos ayude a conectarnos con la madre Tierra, y con los sanadores ritmos de la vegetación y el cosmos. Poder salir a pasear, dejar que la mente se relaje, y que el cuerpo se llene de sensaciones agradables, nutricias.. 
  
 
 
 
 
     Tras haber aterrizado en un lugar, es importante disfrutar de él creando belleza en el día a día. Desarrollemos nuestra creatividad en cada rincón de la casa, en los patios y jardines que la rodean. Dejarnos moldear por cada material que usemos, por sus texturas, colores y aromas..
 
 
 
     Se trata de ir estrechando nuestra persona con la de la casa, en una creación mutua de hogar cálido y amoroso. Con el paso de las estaciones la experiencia de vivir en un determinado sitio nos va calando, dejando profunda huella en el suelo de nuestra alma. Tal vez dejemos en unos años ese lugar para llegar a ser felices en otro, pero continuará junto a nosotros la memoria de lo vivido allá, de todo lo que crecimos y compartimos en su día dentro de esos muros.
   
 
     Con el paso del tiempo, un buen lugar 'hace más grande' a sus moradores, les otorga un brillo genuino, propio de la unión en libertad con las fuerzas ancestrales del terruño. Como árboles del bosque, crecemos en frondosidad y serenidad, maduramos al amparo de un buen fuego de chimenea en invierno y bajo las sombras fresca de un emparrado en verano. 
 

 
     Desde ese lazo profundo y sereno que nos une a la casa, otorgándonos sólidos cimientos, nos abrimos al mundo en dicha compartida con familiares y amigos. La casa pide poco, ..tal vez sólo sentirnos un poco ella misma, y aprender a escuchar en silencio para incorporar cambios cuando hagan falta. ¡Y sobre todo, le gusta oír cantar nuestro corazón dichoso, ebrio de felicidad!
 
 

 

 

 

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